Huele a café y los pájaros coordinan sus voces imitando
acordes a los que propaga el viento.
Habían transcurrido ya un par de horas desde que Sextus Lulius
Pulcher Scrofa, —o “Sex.
Lupus” como ella decidió llamarle— antes de irse a su cama, se despidió de ella con un par de besos y las
buenas noches, siempre de igual forma pero de distinta manera, como acostumbran
a hacerlo desde hace un tiempo.
Como cada noche, ella había quedado con Hipnos, pero este
siempre se retrasaba varias horas en sus citas.
Ella bajaba a la cueva, rellenaba su tiempo en algún
entretenimiento. A veces leía, a veces escribía, incluso a veces sólo pensaba.
La mayoría de las veces, en realidad sólo pensaba.
Se ayuda con Nuvole
Bianche de Ludovico para relajarse mientras Hipnos llegaba.
Cerrará sus ojos mientras dure la canción para sentir aún
más la música y ya sea de paso, para evitar que algún día le atraviesen la cara
y salgan por la nuca.
Cierra sus ojos.
Necesita esa calma que obtiene cuando se sumerge allí,
cautivada por una danza suave que la mece entre sus propias imaginaciones.
Se percata de que al apagar la vista, el olor de Sex.
Lupus le llega de inmediato. Se concentra en él. Comienza a escuchar su
respiración, apresurada por algún sueño en el que se encuentra sumergido.
Decide recostarse junto a él.
Él le da la espalda. Está profundamente dormido.
La lista de reproducción por defecto decide continuar y
escoge esta vez Run, otra pieza del
autor.
Se acerca a su cuello.
Le huele durante unos segundos.
Desliza sobre él su dedo índice y corazón, perfilando su
rostro.
Sigue otros cuantos más.
Más aún.
Se acerca un poco más, y su nariz roza contra su oreja.
Le encanta su olor, la envuelve.
Excitada por el aroma y la dulce melodía, pasa la mano
por su cabello rizado —hace
ya algún tiempo que descubrió esta extraña afición por las texturas— y juega a adentrar sus
dedos entre su pelo y sacarlos de nuevo para ver quiénes quedan atrapados entre
ellos.
Nota como su respiración se calma por completo y baja el
ritmo notablemente.
Sus inspiraciones son más lentas y profundas, al unísono.
Aumenta la intensidad de sus caricias en el pelo, casi
iniciando un pequeño tirón en la última, a lo que el reacciona con un breve
gemido.
Se lanza a introducir sus manos, buscando cuidadosamente,
una a una, la última de las capas que lo cubren. Choca con su espalda, y nace
entonces el contacto con su piel.
Puede sentir un ligero escalofrío que le sacude desde la
nuca hasta los tobillos. Le entra un calor agradable, pero tiene la carne de
gallina.
Sus dedos comienzan a recorrer su cuerpo sin descanso,
insaciables, como una llama que acaba de encender un papiro infinito.
Viaja desde su cuello hasta sus brazos, pasa por su
espalda, —donde
se recrea un largo tiempo palpando sus formas, que le recuerdan a esas
catedrales góticas que tan bellas y acogedoras le resultan, casi como su
espalda—
desliza sus manos entre los huecos que hay en ella, como quien conduce por una
carretera construida entre enormes montañas.
Deja salir a la expedición a sus uñas, quien rasgan su
piel con suavidad, penetrando solo lo justo para sentir algo más que un
cosquilleo.
Él despierta y se gira.
Ella le mira con ojos culpables por haberle arrebatado el
sueño con su deseo.
De repente, la aprieta contra él de un latigazo. Sus
bocas se miran intercambiando aire que podría salir de un cráter.
Se inicia un estallido de besos y mordiscos, algunos
suaves y algunos más intensos, que empiezan en su mejilla y recorren su cuello,
bajando hacia su clavícula.
Le invade esa presión debajo del vientre, que le hace
recordar incluso a la señorita Shaw.
Su respiración cada vez menos discreta, sus cuerpos cada
vez más juntos, sintiendo cada una las partes de todo su cuerpo, comienzan a
bailar hacia delante y hacia atrás bajo las sábanas.
Se encuentra de nuevo con su boca, sus labios se rozan.
Agarra su cabello con fuerza, sus manos cada vez se
mueven más deprisa. Todo un desfile entre sus labios y sus lenguas, se
coordinan perfectamente con los movimientos corporales que les son impulsados.
La energía que los mueve, crece y se transforma en calor y más movimiento,
alimentándose mutuamente.
Ella, se abalanza sobre su pantalón y lo hace descender
hasta sus rodillas de un ligero mordisco.
Él agarra sus muñecas y las levanta por encima de su
cabeza, inmovilizándola.
Ella se muerde el labio inferior ante el roce de su
miembro contra su ropa interior.
Él le propina un fuerte mordisco en el hombro, a lo que
ella responde con una inclinación de su cuello, alcanzando casi su pezón.
Sonríe victoriosa.
Él aumenta la fuerza que ejerce sobre sus muñecas, y
presiona aún más su miembro, deslizándolo hasta su ombligo, para volver a
descender.
Ella abre los ojos inmediatamente y busca con los suyos
esa mirada cómplice, esa sonrisa curvada que le causa tanta lujuria.
La imagen se desvanece.
Las sábanas, están arrugadas al fondo de la cama,
formando una espiral.
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